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LA GUERRA DEL
AGUA
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Articulo: David
Garrido
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El agua, ese bien tan
escaso cuya posesión genera rencillas y
querellas. Si desde antiguo, ya lo vimos la semana
pasada, se reivindicó el trasvase de otras
cuencas, más todavía se
aseguró la poca que trascurría por el
lecho del Vinalopó, un curso fluvial tan
pobre que no tenía ni nombre. En el siglo XV
las autoridades de Barcelona, ciudad señora
de la «vila d´Elx i castell i lloc de
Crevillent» se referían a él
como el «riu o fluvi qui passe per la terra
del comte (el Vinalopó Mitjà) e lo
qual ve en la dita vila d´Elig e en los
térmens d´aquella».El poderoso
Eiximèn Peres Roís de Corella, conde
de Cocentaina, era el señor del curso medio
del Vinalopó. Aspe (Asp o como se
escribía entonces Azp) era un pueblo de
población sarracena que pertenecía al
conde y que pleiteaba con Elche a causa de su
vecindad desde tiempos lejanos. Aunque en
término de Elche, existía un molino
harinero en el cauce del río, alimentado por
un azud que utilizaban los de Aspe para moler su
grano, pero que privaba a los de Baix
Vinalopó de dos terceras partes del agua del
río. Ya pueden imaginar, en tierra tan
sedienta, las tensiones que aquella
situación generaba, aunque se tratase del
agua salobre del Vinalopó. El Consell
ilicitano, que no las autoridades de la
baronía, decidieron comprar el molino, pues
se encontraba en término de la
«vila», como así se hizo, para
poco después demolerlo. Y ya tenemos el
lío armado, pues los vasallos del conde
protestaron ante su señor y éste
presto se dispuso a litigar con los de Elche ante
los «consellers» de Barcelona, para lo
cual el conde no dudó en exhibir su
condición de ciudadano de la ciudad
condal.
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Pero el conde, hombre de
acción, no se quedó sólo en la
protesta y pasó a los hechos. Un
«Memorial de casos o enfractes seguits en lo
terme d´Elig e de Crivillén»
enviado por el procurador de la baronía a
los «consellers» barceloneses nos indica
que en 1452 «lo dit comte, officials e
vessalls» tomaron por la fuerza -«no
tement Déu ne la Sacra Majestad del senyor
Rey»- el antiguo molino y repararon el azud,
por lo cual «s´és esmunyida e
perduda les tres parts e pus de la dita ayga».
Obviamente el pleito estalló, que no era el
primero ni sería el último, que las
correrías de los vasallos del conde se
generalizaron por todo el Baix Vinalopó ante
la actitud pasiva de las autoridades barcelonesas
-sólo el procurador Francí Bussot
osó plantarles cara- que procuraban no
soliviantar a tan importante señor, valido
de Alfonso V (III de Valencia) «el
Magnánimo», verdadero soberano del
Mediterráneo occidental tras su
entronización en Nápoles.
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Y es que por entonces
Valencia, Cataluña y Aragón eran una
potencia europea, capaz de sentar papas en Roma, y
si ofrendaban glorias eran a ellos mismos y no a
los vecinos de poniente. Pero situación
internacional aparte, la importancia de un
personaje como el conde de Cocentaina asentado
patrimonialmente en el sur valenciano redundaba en
el gobierno de la gobernación meridional del
Reino, a donde los ilicitanos se dirigieron en
primera instancia, aunque en vano, para resolver el
pleito.
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El conde de Cocentaina
exigió a Barcelona la reparación de
los desperfectos, valorados en 350 florines, o sea
3.830 «sous» valencianos para construir
otro molino en otro lugar. Finalmente, Pere de
Relat, procurador de la baronía
ilicitano-crevillentina y los
«consellers» barceloneses aprobaron la
donación de esa cantidad en aras de la paz
en aquellas tierras, pese a que la posibilidad de
construir un nuevo molino con el correspondiente
azud, aunque fuese en otro lugar, no debió
agradar al Consell ilicitano. Pero en todo
trámite, como hoy, hay que disponer de donde
saldrían esas cantidades. La propuesta
barcelonesa fue que se asumiese de la deuda que
Elche contrajo por la adquisición de armas
para hacer frente a una supuesta invasión
granadina en 1451, o sea 300 florines, y los
restantes de la comunidad sarracena ilicitana, que
durante todo el pleito no había contribuido
al mantenimiento de los abogados.
Sorprendentemente, se debían 350 florines,
pero Elche ya llevaba gastados 600 en
asesoría jurídica (ya se sabe, quien
se mete en abogados...).
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Pere de Relat
presentó su informe en el Consell de Trenta
(uno de los órganos rectores de Barcelona)
el 7 de mayo de 1454, que lo aprobó en los
términos que hemos visto. No obstante, el
pago se retrasó «sine die», se
trató por los «consells»
barceloneses de nuevo en 1455, y desconocemos si
alguna vez llegó a efectuarse, al menos no
ha quedado rastro en la documentación que lo
acredite. Las tensiones con el conde de Cocentaina
y su vasalla Aspe continuaron, agravadas tras el
1456 cuando el rey reclamó la luición
(la reversión a la Corona) de Elche y
Crevillent, aprobada en un primer momento por el
ahora Consell de Trenta-dos, aunque finalmente no
llegó a materializarse. La situación
de desgobierno de la aljama ilicitana y el
intervencionismo en ella del que hacía gala
el conde provocó nuevos roces,
prácticamente hasta el final de la presencia
barcelonesa en la capital del Baix Vinalopó
(1460).
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Proveer a Elche de agua,
una preocupación constante de los
gobernantes ilicitanos para paliar un mal
endémico, que incluso vieron amenazados los
caudales del Vinalopó. El azud de la
discordia con el tiempo se olvidó, pero la
necesidad hizo que se construyese otro de
más grandes dimensiones en el siglo XVII,
terminado en 1640, en el lugar llamado El Castellar
de la Morera, el pantano ilicitano que aún
se mantiene en pie. Una obra que costó
12.000 libras valencianas y que finalmente no
respondió a las necesidades de
población y regantes. Por eso que en 1668 se
propusiese de nuevo la posibilidad de traer las
aguas del Júcar, para lo que Elche tanto
empeño puso.
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Articulo:
David Garrido
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