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EL REY
RECLAMA ELX
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Articulo: David
Garrido
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Nos sumergiremos en la
lejana Edad Media, cuando la Vila Murada -que no en
balde da nombre a esta sección- lucía
con toda su plenitud en el campo ilicitano.
Volvemos al lejano siglo XV, cuando la villa y
morería ilicitanas así como el vecino
«castell i lloc» de Crevillent formaban
una baronía feudal cuyo señor era la
ciudad de Barcelona. Como ya conocerán los
lectores que domingo a domingo siguen nuestro
relato histórico semanal, el 4 de noviembre
de 1391 la capital del principado catalán
adquirió la posesión de Elx y
Crevillent por 50.000 florines de moneda
barcelonesa. En definitiva, sólo se trataba
de un préstamo, pues la corona se
reservó el derecho a recuperar -carta de
gracia lo llamaban- las dos localidades del
mediodía valenciano cuando dispusiese del
líquido necesario para hacerlo.Así,
Elx y Crevillent tuvieron como señor a la
ciudad de Barcelona hasta el año 1460 y
ambas localidades lucieron las armas de aquella:
«...exposaren en lo dit consell com los
honorables consellers immediats predecessors llurs
los jaquiren en memorial que fossen fets donats e
lliurats a la esgleya d´Elig dos ganfanons
e.I. penó de trompa, tot de
terçanells ab senyal de la ciutat...»;
que el «Consell de Trenta»
barcelonés aprovó: «E,
finalment, que els dits ganfanons e penó de
trompetes se faessen e fossen donats e trameses a
la dita vila d´Elig». Las banderas de
Barcelona lucieron en lo alto del Alcàsser
de la Senyoria durante décadas, antes de que
la ciudad volviese de nuevo a la familia real, la
catalano-aragonesa, que por aquellos tiempos a
nadie se le pasaba por la cabeza lo de la
«unidad de destino en lo universal» y
Madrid tan sólo era un villorrio a la orilla
del Manzanares.
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Cosas de la historia,
sí, pero que le vamos a hacer, así
pasó. En 1448 reinaba en Aragón
(entiéndase con Cataluña, Valencia,
Baleares, Cerdeña, Sicilia y Nápoles)
Alfonso V «el Magnánimo». Este rey
nuestro, que no de Castilla, protector de
humanistas y cuasi un emperador
mediterráneo, quiso recuperar Elx y
Crevillent para el patrimonio real, aunque el rey
pretendía una rebaja en el débito a
pagar. Los «consellers» de Barcelona se
negaron en redondo y, además, censuraban las
pretensiones reales de financiar con aportaciones
ilicitanas la luición o restitución a
la corona del Baix Vinalopó. En 1443 las
autoridades de Barcelona protestaron porque la
reina María, consorte del
«Magnánimo», había recogido
12.000 florines de Elx y Crevillent para recuperar
ambas localidades.
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La luición se
frustró, de momento, pero el 30 de octubre
de 1453 un suceso importantísimo
había de poner sobre la mesa de
negociación el futuro de las dos localidades
valencianas. Ese día, Galcerà de
Requesens, lugarteniente general del rey en el
principado catalán nombró
directamente a los «consellers
barceloneses», era el triunfo de la
«busca», el partido menestral, contra la
«biga», la oligarquía rentista y
de ciudadanos, que controlaba secularmente los
«consells» y el gobierno
barcelonés. El 30 de enero de 1456, en la
reunión del llamado «Consell de
Trenta-dos» el lugarteniente real
planteó la cuestión de la
redención de Elx y Crevillent, sin pagar
nada a cambio, como muestra de agradecimiento por
las reformas introducidas en el regimiento de
Barcelona. Las pretensiones del oficial del rey
cogieron por sorpresa a los «consellers»
barceloneses, ahora «buscaires», que
debían agradecer al rey el golpe de estado
en las instituciones de la ciudad que les
permitía gobernar. Así, un
«Consell de Cent» -el supremo
órgano de gobierno barcelonés-
aceptó devolver al rey Elx y Crevillent el 4
de abril de 1456, pero, ¡ojo!, no condonaron
la deuda. Así se entró en un toma y
daca burocrático, de constantes entrevistas,
evaluaciones de la situación e informes.
Barcelona, de ninguna manera, podía
prescindir de las rentas, 1.500 libras anuales, y
por ello empezó a concebir la posibilidad de
una solución que satisficiese a ambas
partes.
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La importancia
económica para el erario barcelonés
de Elx y Crevillent queda de manifiesto en el
«Llibre sumari on són continuades totes
les rendes de la vila d´Elx, castell e lloc de
Crevillent, e açò per veure les
restes degudes a la ciutat de Barcelona e altres
coses necessàries a clarícia del
senyor rei e de la dita ciutat», hoy
conservado en el Arxiu Històric de la Ciutat
de Barcelona. No obstante, las 1.500 libras que Elx
y Crevillent pagaban a la capital catalana se
debían considerar como parte del
rédito de 50.000 florines, o sea, 27.500
libras, que Barcelona pagó por la compra de
ambas localidades más Terrassa, Vilagrassa y
el Castell d´Arraona (Sabadell). Es decir, con
un interés resultante de un 5,45% anual, que
en la práctica se convertía en un
4,35% por los gastos que comportaba la
administración de la baronía.
Además, la falta de numerario era un
problema endémico de las arcas barcelonesas,
que hasta 1453 el gobierno oligárquico de la
«biga» había parcheado con la
emisión constante de deuda pública,
que ahora los «buscaires» debían
enjugar.
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En definitiva, que
Barcelona no podía prescindir de las 1.500
libras anuales procedentes de Elx y Crevillent.
Así, para satisfacer el deseo del rey, se
hizo uso del antiguo condado de Empúries
(Ampurias), que también poseía
Barcelona. Las deliberaciones a ese efecto de los
«consells» barceloneses se iniciaron el
martes 4 de mayo de 1456 y no finalizaron hasta el
día 11, en que el «Consell de
Cent» aprobó ceder al rey dicho condado
a cambio de Elx y Crevillent.
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Alfonso «el
Magnánimo» aceptó el cambio,
pero tras su muerte, acaecida el 27 de junio de
1458, su hermano y sucesor, Juan II, personaje que
había visitado nuestra ciudad en 1438,
cuando ostentaba sólo el cargo de
lugarteniente de su hermano para los reinos de
Aragón y Valencia, aunque también era
rey de Navarra, reclamaría la
luición. Cabe decir que Alfonso «el
Magnánimo» también visitó
Elx en 1427, antes de emprender la aventura que lo
coronaría rey de Nápoles. Se
inició de nuevo pleito ese mismo año
de 1458 que, ahora sí, devolvería Elx
y Crevillent a la corona, aunque
efímeramente, pues el Baix Vinalopó
fue concedido después a la reina Isabel de
Castilla, consorte de Fernando, hijo de Juan II, y
ésta lo cedió a su fiel Gutierre de
Cárdenas.
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Articulo:
David Garrido
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